There is nothing to be afraid of,
it is only the wind
changing to the east, it is only
your father the thunder
your mother the rain
In this country of water
with its beige moon damp as a mushroom,
its drowned stumps and long birds
that swim, where the moss grows
on all sides of the trees
and your shadow is not your shadow
but your reflection,
your true parents disappear
when the curtain covers your door.
We are the others,
the ones from under the lake
who stand silently beside your bed
with our heads of darkness.
We have come to cover you
with red wool,
with our tears and distant whispers.
You rock in the rain’s arms,
the chilly ark of your sleep,
while we wait, your night
father and mother,
with our cold hands and dead flashlight,
knowing we are only
the wavering shadows thrown
by one candle, in this echo
you will hear twenty years later.
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Margaret Atwood
QUEMA DE LECHUZAS
Unos centímetros más abajo se acaba el suelo
como puerta con cerrojo. Una helada dura y adiós
lo no cosechado.
¿Con qué derecho chupa una vieja
las negras raíces, el rojo jugo que deben
ser para los niños?
Practicaba la magia, claro está.
Cuando se tiene tanta hambre
hacen falta garfios y garras.
A medianoche retenía el aliento, descruzaba los dedos
y le salían plumas de lechuza por todo el cuerpo,
como moho en la carne, sólo que más rápido.
Yo misma la vi cazando ratones
a la luz de la luna, silenciosa
como la sombra de la mano que proyecta una vela.
Buen disfraz, sin embargo la reconocí
al día siguiente por la pluma blanca
en el pelo.
Ardió muy bien, grasa gorda al fuego,
con grises gritos, devolviendo al aire
lo que nos quitó mientras nos resecaba.
Podría haberse salvado
con su voz de lechuza blanca,
pero antes le cortamos ciertas partes
para que no volase,
como los dedos, esas alas secretas...
La miramos arder hasta el hueso, y nos emborrachamos
después. Su corazón
nos sirvió de brasa para reavivar la lumbre.
Así es nuestra cultura, nada que les importe
a ustedes, gente de pies suaves que ignoran
lo que es vivir pegados a la piedra.
como puerta con cerrojo. Una helada dura y adiós
lo no cosechado.
¿Con qué derecho chupa una vieja
las negras raíces, el rojo jugo que deben
ser para los niños?
Practicaba la magia, claro está.
Cuando se tiene tanta hambre
hacen falta garfios y garras.
A medianoche retenía el aliento, descruzaba los dedos
y le salían plumas de lechuza por todo el cuerpo,
como moho en la carne, sólo que más rápido.
Yo misma la vi cazando ratones
a la luz de la luna, silenciosa
como la sombra de la mano que proyecta una vela.
Buen disfraz, sin embargo la reconocí
al día siguiente por la pluma blanca
en el pelo.
Ardió muy bien, grasa gorda al fuego,
con grises gritos, devolviendo al aire
lo que nos quitó mientras nos resecaba.
Podría haberse salvado
con su voz de lechuza blanca,
pero antes le cortamos ciertas partes
para que no volase,
como los dedos, esas alas secretas...
La miramos arder hasta el hueso, y nos emborrachamos
después. Su corazón
nos sirvió de brasa para reavivar la lumbre.
Así es nuestra cultura, nada que les importe
a ustedes, gente de pies suaves que ignoran
lo que es vivir pegados a la piedra.
Margaret Atwood
ORFEO (2)
Sabiendo lo que sabe
del horror de este mundo,
¿seguirá cantando?
No se dedicó únicamente
a pasear los prados: bajó
con los que no tienen boca,
los que no tienen dedos,
los de nombres prohibidos,
los cuerpos devorados
en guijarros grises
de una costa desierta
que todos temen,
con los dueños del silencio
El, que quiso inútilmente
resucitar a la amada con su canto,
seguirá allí,
en el estadio lleno de los muertos
que elevarán sus rostros sin ojos
para escucharle, mientras crecen
las flores y revientan, rojas,
contra los muros.
Le habrán cortado las manos
y pronto desgajarán
su cabeza del cuerpo
en un estallido
de rechazo furioso: y aunque lo sabe
proseguirá su canto de alabanza
porque cantar es alabanza o desafío.
Y toda alabanza es desafío.
del horror de este mundo,
¿seguirá cantando?
No se dedicó únicamente
a pasear los prados: bajó
con los que no tienen boca,
los que no tienen dedos,
los de nombres prohibidos,
los cuerpos devorados
en guijarros grises
de una costa desierta
que todos temen,
con los dueños del silencio
El, que quiso inútilmente
resucitar a la amada con su canto,
seguirá allí,
en el estadio lleno de los muertos
que elevarán sus rostros sin ojos
para escucharle, mientras crecen
las flores y revientan, rojas,
contra los muros.
Le habrán cortado las manos
y pronto desgajarán
su cabeza del cuerpo
en un estallido
de rechazo furioso: y aunque lo sabe
proseguirá su canto de alabanza
porque cantar es alabanza o desafío.
Y toda alabanza es desafío.
Margaret Atwood
ORFEO (1)
Delante mío caminabas,
atrayéndome
hacia la verde luz que alguna vez
me asesinó con sus colmillos.
Insensible te seguí,
como un brazo dormido y obediente
pero no fui yo quien quiso
volver al tiempo
Había llegado a amar el silencio,
pero mi antiguo nombre era una cuerda
o un susurro tendido
entre nosotros.
Y estaba tu amor,
las viejas riendas de tu amor,
tu voz corpórea...
Ante tus ojos mantenías
la imagen de tu deseo, que era yo,
viva otra vez.
Y por esta esperanza tuya continué,
y así fui
tu alucinación, floral
y oyente
tú me creabas
al cantarme y una piel nueva me crecía
en mi otro cuerpo, envuelto en niebla,
y tenía ya sed, y manos sucias,
y veía ya,
perfilados contra la boca de la gruta,
el perfil de tu cabeza y de tus hombros
cuando te diste vuelta para llamarme
y me perdiste...
Así que no llegué a ver tu rostro,
sólo un ovalo oscuro,
y a pesar de sentir todo el dolor
de tu derrota, debí rendirme,
como se rinden las mariposas de la noche.
Tú creíste
que sólo fui el eco
de tu canto.
atrayéndome
hacia la verde luz que alguna vez
me asesinó con sus colmillos.
Insensible te seguí,
como un brazo dormido y obediente
pero no fui yo quien quiso
volver al tiempo
Había llegado a amar el silencio,
pero mi antiguo nombre era una cuerda
o un susurro tendido
entre nosotros.
Y estaba tu amor,
las viejas riendas de tu amor,
tu voz corpórea...
Ante tus ojos mantenías
la imagen de tu deseo, que era yo,
viva otra vez.
Y por esta esperanza tuya continué,
y así fui
tu alucinación, floral
y oyente
tú me creabas
al cantarme y una piel nueva me crecía
en mi otro cuerpo, envuelto en niebla,
y tenía ya sed, y manos sucias,
y veía ya,
perfilados contra la boca de la gruta,
el perfil de tu cabeza y de tus hombros
cuando te diste vuelta para llamarme
y me perdiste...
Así que no llegué a ver tu rostro,
sólo un ovalo oscuro,
y a pesar de sentir todo el dolor
de tu derrota, debí rendirme,
como se rinden las mariposas de la noche.
Tú creíste
que sólo fui el eco
de tu canto.
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